En el texto aparecen una serie de ideas sobre la relación entre
recompensas y la motivación. En primer lugar, el concepto de capacidad que
tienen los alumnos en la actualidad es erróneo, y de ahí aparecen una serie de aspectos
que se verán a continuación. El fracaso es visto como una forma de ser
“estúpido”, y no como una parte de la resolución de problemas, y suele verse de
esa forma cuando se realizan tareas para recibir buenas notas, elogios, etc. al
contrario sucede cuando se realizan las actividades para satisfacer una
curiosidad. Las calificaciones, en este sentido, pueden motivar aunque sea por
el hecho de activar la amenaza del fracaso, como ocurre con los estudiantes que
evitan el fracaso.
En relación a la capacidad esperada de los alumnos por parte de los
profesores, está la “Profecía que se cumple a sí mismo”. Ocurre cuando lo que
los profesores esperan de los alumnos, se cumple realmente. A veces nos ocurre
que damos por hecho que alguien no conseguirá, o sí algo, y de alguna forma le
influimos para que consiga esos resultados. Cuando los alumnos, por otra parte,
adquieren resultados negativos, no solemos darnos cuenta de que el profesor
también tiene parte de culpa del fracaso, y ante los éxitos, no dudamos en las
capacidades del profesor, lo cual parece otro aspecto erróneo.
Nos han enseñado a perder, en el sentido de que los profesores nos han
reforzado en muchas ocasiones sin darse cuenta, para conseguir objetivos
surrealistas, cuando por ejemplo se elogia y premia a alumnos con altas capacidades.
Lo que se refuerza es conseguir esos niveles altos, y por tanto es probable que
fracasemos en el intento. Aquí las notas juegan un papel importante, ya que se
premia con buenas notas a quienes menos lo necesitan y se desmotiva a los que
más lo necesitan.
En relación a las recompensas, las conclusiones que se muestran se
extraen de De Charms (1983), donde se explica por ejemplo que no es
recomendable premiar con premios innecesarios, porque no resultará reforzante;
tampoco utilizar premios que se vean como agentes de control; no premiar cuando
se pretende transferir a posteriores situaciones, etc.
Otro efecto indeseable, es la sobrejustificación, donde se recompensa
sin necesidad. Si lo hacemos, no se producirá reforzamiento. También hay que
tener cuidado con los alumnos cuando se vuelven “oportunistas”, ya que surge el
“Principio del mini-maxi”, recibiendo la máxima recompensa por el mínimo
esfuerzo.
¿Qué podemos hacer para cambiar todas estas ideas que perjudican a
nuestros alumnos?
En primer lugar, no se trata de pequeñas actuaciones, sino de un
cambio en la mentalidad de la educación. Lo más importante es que aprendamos a
motivar, y para ello el profesor ha de conocer muchos aspectos de sus alumnos,
sobre todo las cualidades de éstos, sus gustos, así como sus capacidades, lo
cual les hacen diferentes los unos de los otros. En este sentido y enlazando
con las actividades anteriores, si los profesores conocen las características
de sus alumnos, pueden ayudar a cubrir sus necesidades básicas para cubrir las
que se encuentran por encima, necesitando la unión de los alumnos y los
profesores.
El segundo lugar, el hecho de que los propios alumnos puedan elegir
qué aprender, cómo y cuándo, puede ser un proceso beneficioso. De esta forma
verían que las capacidades no son unidimensionales, sino multidimensionales,
pudiendo enfocar los problemas o situaciones con distintas capacidades.
En general, una dinámica más abierta en el aula, donde podamos
aprovechar las características de los alumnos, sus capacidades y sus aficiones,
harían incrementar la motivación de los chicos, y con ello, la forma que tienen
de ver la educación, sin por ello, disminuir la calidad de la enseñanza. Por
ello es tan importante tener presente la diversidad que existe y la necesidad de
“personalizar” en muchas ocasiones la metodología de las aulas.
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